Háganse cargo

Nos morimos de vergüenza

"Si me preocupa la vergüenza es por su ausencia en los actos de la derecha neoliberal argentina: parece no estar presente ni antes ni después, estamos en presencia de una pérdida en la capacidad de afectación en la mirada del Otro, o sea que este ya no es más puesto en consideración."

Por Jor Porres

El pasado miércoles Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno de España, en visita oficial desembarcó en la República Argentina con el fin de estrechar relaciones comerciales, fortalecer los vínculos bilaterales y por sobre todas las cosas expresar su apoyo incondicional a la negociación que lleva a cabo nuestro país con el Fondo Monetario Internacional.

En la conferencia que dieron ambos mandatarios con ministrxs y empresarixs. Fernández, al agradecer el gesto de Sánchez decide, entre otras cosas, señalar las “coincidencias” que existen entre las dos naciones y  parafrasear al poeta mexicano Octavio Paz, es allí que se produce la frase sobre la descendencia de los mexicanxs, brasilerxs y argentinxs.

Muy lejos de la indignación que causo en el ecosistema deontológico del progresismo twittero, el afecto que me produjo fue el de la vergüenza, y me pregunté por el tipo de relación que tenemos con esta y por qué hay un sector de la oposición política que pareciese inmune a sentirla. ¿Qué efectos tiene su ausencia? ¿Qué sería morirse de vergüenza?

Freud, en uno de sus tres ensayos sobre teoría sexual, dice que la vergüenza, junto con el asco y la moral, tiene un lugar muy importante para la causalidad psíquica; estos afectos constituyen “diques”, límites para la satisfacción auto-erótica individual y es a partir de la constitución de estos que se produce el pasaje a cierto programa estable de la cultura. La vergüenza es por lo tanto un afecto social que permite, según el psicoanalista, un tránsito del puro organismo preocupado por la obtención de placer en el cuerpo propio al estilo de vida cultural, un dique que se impone a la satisfacción inmediata, y que enlaza con el otro en la medida en que estas barreras al goce individual son modos de incorporar la dimensión del otro, en el caso de la vergüenza la mirada del Otro. 

La vergüenza se destaca por su carácter público, tiene que ver con el “ser visto” o “ser oído”, mientras que la culpa, al contrario, tiene un semblante más bien privado. Sentimos vergüenza en el punto en que nos vemos siendo vistos por una mirada que no esperábamos, ahí donde la mirada del Otro nos interroga por nuestro acto, una mirada que implica mirarnos a nosotros mismos, es una advertencia para ese sujeto que da cuenta de su división.

Dice Lacan, concluyendo su Seminario 17, que es un éxito del discurso capitalista que morirse de vergüenza sea un proyecto que rara vez se consigue. La vergüenza, como vimos, incluye al Otro, ese Otro que Lacan pone en el fundamento de toda constitución subjetiva. Para graficar esto toma el ejemplo de François Vatel, el creador de la crema Chantilly. Vatel fue un cocinero y mayordomo francés que se encontraba al servicio del Príncipe de Condé. Cuenta la historia que se le encomendó a nuestro mayordomo la organización de un evento para toda la corte de Versalles y al ver que este no se sucedía según lo esperado, al no llegar el pescado encargado para la cena de la noche, decide subir a su habitación y suicidarse con una espada que sujeta al picaporte de la puerta. (Hay una película sobre este hecho).

Mónica Morales (2013) dice sobre este pasaje al acto: “Lacan evoca el nombre de Vatel como alguien que muere de vergüenza, resaltando que un criado puede sacrificar la vida por el honor. Vatel muere de vergüenza, y su vergüenza está exaltada por el honor. El honor es un valor que hace que la vida sea algo más que la vida, y que no se trate de vivir a toda costa”

Si me preocupa la vergüenza es por su ausencia en los actos de la derecha neoliberal argentina: parece no estar presente ni antes ni después, estamos en presencia de una pérdida en la capacidad de afectación en la mirada del Otro, o sea que este ya no es más puesto en consideración. Los peronistas tenemos muchas veces ese mal hábito de mirar a la contra, lo que hace, lo que dice y lo que muestra, y es ahí donde más allá de la cólera nos surge la pregunta: “¿no les da vergüenza?”. ¿No tienen vergüenza de decir que las vacunas son veneno? ¿No tienen vergüenza de decir en el prime time que a las 7 de la tarde ya tienen puesto el pijama? ¿No les da vergüenza haber endeudado al país y después darte consejos de cómo solucionarlo? ¿Cómo no les da vergüenza seguir defendiendo la libertad de contagio? La utopía neoliberal (Bourdieu, 1997) de mercados puros y perfectos es esto, la ruptura con la mirada del Otro, no sentir vergüenza, seguir adelante a pesar del otro, movimiento, libre circulación, libre contagio, vivir a  cualquier precio, sálvese quien pueda.

Morirse de vergüenza es otra cosa, sacrificarse por el honor como Vatel nos invita a decir que no se vive a toda costa, que no es sálvese quien pueda, sino que solo se puede vivir de verdad con todos adentro y que nadie sobra. Aquí la vergüenza es una apuesta intersubjetiva. La vida y la muerte del otro me importan, la mirada del Otro sigue estando ahí, sentimiento que no siempre es grato por cierto, pero que es uno de los afectos que habilita a que el Otro no deje de estar presente en nosotrxs.

Es por el Otro que la vergüenza existe y es por la vergüenza que el Otro también sigue estando ahí, porque me importa, porque la herida de ese otro también duele. Esto le permite a la vida ser algo más que pura vida, una vida en la que el honor cuenta. Vivir sin vergüenza es en última instancia vivir sin honor, vivir sin más, vivir sin Otro.

La ausencia de la vergüenza no solo trastoca el sentido de la vida sino también de la muerte, la propia y la ajena, la propia que pueden arriesgar desconociendo cualquier protocolo sanitario y mostrarse libremente mientras lo hacen, la ajena en la medida que la suponen como una vida que no es digna de ser mirada por nadie. Perdieron la vergüenza, rompieron los pactos y los contratos, a nadie quieren rendirle cuentas, se autoproclaman libres de hacer lo que se les antoja, la ley del Otro no lxs toca, por eso son inmunes al dolor ajeno y a la tragedia social. Pareciera que ninguno de los esfuerzos de Alberto van a alcanzarle para salirse de sus dichos, pero el movimiento que hace por no querer caerse del deseo del Otro que lo mira ya es un gesto de responsabilidad y arrepentimiento que sucede a la vergüenza, esa que muchxs otrxs perdieron. Ellxs tienen una inmunidad que no se consigue con ninguna vacuna, la inmunidad que les da la herencia, el dinero, los medios de comunicación y la justica; nosotrxs por suerte todavía podemos morirnos de vergüenza.

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