Volver al mundo

La música y el ruido

"Si fuera una cuestión de necesidad, la manta corta sería la verdad de la política: lo que alcanza para cubrir las demandas irresueltas del momento de disgregación no permite gobernar, y viceversa. La tesis de esta nota es que esto no es cierto."

1. Reflexiones chilenas

Es fácil establecer una cronología lineal de los últimos dos años de Chile: el estallido, la crisis de legitimidad del gobierno conservador, la convocatoria a la Constituyente, la elección de Boric. Este relato histórico pierde todos los elementos específicos que permitieron el funcionamiento efectivo del quiebre político experimentado por nuestro vecino trasandino en pos de una teleología cómoda y desprovista de las contingencias que son constitutivas de lo político.

Podemos comenzar a reponer algunos de estos elementos, empezando por la prehistoria. La de 2019 es “la” revuelta, la que se ganó el nombre. Pero no es la primera: a comienzos de la década previa, el movimiento estudiantil tomó las calles buscando establecer la gratuidad de la educación pública. Como contó Rodrigo Holmberg en Rándom, la participación en aquellas protestas de Gabriel Boric y el equipo que hoy forma su mesa chica (Giorgio Jackson, Camila Vallejo, Izkia Siches) no puede dejarse de lado para entender el presente de la política chilena.

Esto nos lleva a considerar otro factor: la interrupción. Toda articulación política es una estabilización parcial de fuerzas en movimiento, pero no solo de potencias presentes: también reactiva, discursiva y materialmente, procesos previamente clausurados, agotados o simplemente inconclusos. Es más: la revuelta de 2019 es uno de esos procesos sin terminar, interrumpido por la pandemia de COVID que permitió al régimen redefinir su legitimidad, al menos provisoriamente.

Sumemos un tercer hecho: ¿podemos trazar una línea recta entre la revuelta, la Constituyente y Boric? Apruebo Dignidad (la coalición del Frente Amplio y el Partido Comunista Chileno que lo llevó a la presidencia) no fue la primera opción del electorado. Dejando de lado el hecho de que la participación apenas pasó el 50%, esta fuerza solo obtuvo el 19% de los votos en la elección de convencionales constituyentes, y el 26% en la primera vuelta de las presidenciales; en ambos casos, el segundo puesto.

El camino de Boric hasta el Palacio de la Moneda fue sinuoso: primero, se impuso a Jackson dentro del partido Convergencia Social porque este no podía ser candidato por no tener 35 años; luego, esta fuerza debió confrontar con otras dentro del Frente Amplio; más adelante, debió imponerse en la interna con el candidato comunista Daniel Jadue, favorito en las encuestas; y entonces, tocó la primera y la segunda vuelta. Lo contrario, digamos, a Alberto Fernández, que pasó de armador en la sombras a candidato presidencial en un instante, video de CFK mediante, sumó a Massa y armó el Frente de Todos en menos de diez días, se impuso contundentemente en las PASO sin competencia interna y venció en primera vuelta.

Hay una distancia, un hiato, entonces, interno a la representación política. La revuelta es un momento de disgregación, de negación de la legitimidad del orden establecido, una escena populista laclosiana de manual. El aumento del transporte público representa toda la injusticia del modelo, y el trabajo político es afirmar y componer esa equivalencia; de allí la mejor consigna de la política latinoamericana en medio siglo: “no son 30 pesos, son 30 años”. Pero de allí en adelante el movimiento es más complejo.

El pasaje del momento de crisis al de institución es contingente. Puede no concluirse, no puede dejar de intentarse; es más, desde el momento mismo en que hay movilización, hay organizaciones, que (por más horizontales y basistas que pretendan ser) representan cristalizaciones más o menos frágiles de las fuerzas en pugna. La institución se ubica en un nivel cualitativamente superior: es la articulación de las articulaciones que se da en un sentido a la vez semántico e institucional. La Constituyente y Boric son las dos respuestas instituyentes que el movimiento se dio, y dio a Chile.

Pero el hiato es lo importante. La Constituyente debe hacer una transformación a nivel medular y de largo plazo. Como su legitimidad está dada por la revuelta (ya que la elección no habría ocurrido sin ella), tiene que parecérsele. La presidencia, en cambio, debe representar y actuar en el corto plazo. Boric se presenta como heredero de la revuelta (y de las movilizaciones previas), pero mantiene con ella una distancia porque no quiere agotarse en sus demandas.

El hiato puede ser, entonces, algo positivo, si permite al presidente tener una serie de contenidos en sí, que no aparezcan como nacidos de la rebelión sino promovidos por una fuerza política que fue seleccionada tras un arduo proceso para gobernar. La dialéctica entre la calle y el palacio es uno de los temas inagotables de la política (como ciencia, como vocación, como arte, etcétera). Latinoamérica ha demostrado su vigencia en el siglo XXI, así como la inexistencia de una fórmula que la resuelva.

La calle, el momento de disgregación, es siempre de breve duración. Las fuerzas se agotan. Es también completamente imposible frenarlo para siempre. El palacio, el resultado de la institución, puede establecer canales con ella, puede escucharla, pero siempre queda algo afuera. La pregunta es por la relación que se establece con ese hiato: si la música quiere ser nada más que la reorganización armoniosa de las notas presentes en el ruido, tal vez descubra que en cualquier momento puede volver a descomponerse. La música siempre es más (tiene sonidos propios) y menos (tiene silencios) que el ruido.

Lo que no quiere decir que Boric no pueda fallar. Tal vez las demandas de la calle sean demasiado contradictorias entre sí para un equipo de gobierno con poca experiencia. Tal vez las diferencias internas al gobierno dificulten el accionar político. Tal vez el intento de combinar novedad y disrupción con amplitud y moderación (por ejemplo, convocando como Ministro de Economía a quien fuera presidente del Banco Central bajo Bachelet) resulte indigerible tanto para quiénes buscan lo primero como para quiénes prefieren lo segundo.

Pero esto no tiene por qué ser así. Si fuera una cuestión de necesidad, la manta corta sería la verdad de la política: lo que alcanza para cubrir las demandas irresueltas del momento de disgregación no permite gobernar, y viceversa. La tesis de esta nota es que esto no es cierto, porque un momento instituyente efectivo es una respuesta nueva a un problema viejo, una música original en un ruido conocido. Y, cuando ocurre, las mismas condiciones que dejaban a la estructura política en una situación de jaque e inmovilidad son las que dan lugar al nacimiento de lo nuevo.

2. Sudamérica y sus ejes

En otra nota, adelantábamos una tesis sobre la política sudamericana en la tercera década del siglo XXI: la ausencia de un eje ordenador. La derecha política, en acuerdo con sectores importantes de los poderes judiciales y de movimientos sociales, fue efectiva en provocar el fin del ciclo progresista, pero completamente incapaz de establecer un nuevo momento. No hubo plan económico coordinado, ni institucionalidad multilateral, ni estilos de conducción, ni épica, ni nada.

Estamos viviendo, tal vez, el reverso de esa etapa. El regreso de gobiernos nacional populares a Argentina y Bolivia, sumado a las victorias de izquierda en Chile y Perú, y a escenarios de altas expectativas en Brasil y Colombia (sumado, si ascendemos más al norte, al triunfo de Castro en Honduras) hacen difícil negar que el péndulo está girando, nuevamente, hacia la izquierda. Y sin embargo, Fernández en Argentina se muestra crecientemente débil, y Castillo en Perú está al borde del precipicio. Sobre Brasil y Colombia, convendría matizar las esperanzas despertadas por los buenos desempeños en las encuestas de Lula y Petro: en ambos casos, en las campañas previas, los candidatos que lideraron los sondeos de opinión durante meses se desinflaron ante las urnas.

El continente está difícil. Durante el período de máxima coincidencia ideológica entre presidentes de centroizquierda, que coincidió con su mayor legitimidad interna, Sudamérica no fue capaz de avanzar en términos de integración económica e institucionalización política regional. El mundo está difícil. Los gobiernos liberales y socialdemócratas se muestran cada vez menos capaces de resolver materialmente los déficits de equidad social y de enfrentar simbólicamente la ola reaccionaria.

En este contexto, más de un presidente hace una apuesta por algo que no corresponde llamar “moderación”. El caso de Boric está signado por un hecho que ya nombramos: la designación del expresidente del Banco Central bajo la gestión Bachelet, defensor del modelo económico del bipartidismo, como Ministro de Economía. Pero no se agota allí: el presidente chileno abraza la pluralidad política y la conciliación de intereses diversos desde distintos frentes, incluido un nuevo discurso público que intenta combinar una confrontación menor con el sostén del elemento rupturista que lo convierte en quien es.

Lula está desarrollando una jugada similar en Brasil. En medio de una democracia altamente fragmentada, donde el sistema de partidos parece avanzar en el sentido de Perú, ha acordado con Geraldo Alckmin, representante de la burguesía paulista y exadversario político del petismo, para que sea su compañero de fórmula. Alckmin abandonó el PSDB, tradicional partido de la derecha brasilera, y, en un gesto simétrico, otro tanto ha hecho el gobernador de Maranhão Flavio Dino con el Partido Comunista. Ambos desembocaron en el centrista Partido Socialista Brasilero. Una carpa grande para el post bolsonarismo. El propósito de Lula es retornar a la jugada por la moderación que hizo en 2002, cuando finalmente fue electo presidente.

En Bolivia, Arce tensiona con Evo Morales precisamente por este motivo: la decisión que lo llevó a la presidencia fue ponderar la gestión económica expansiva pero superavitaria en términos fiscales que hizo posible la sustentabilidad de la justicia social, y es esa política la que el actual presidente defiende como bandera. Recientemente, García Linera ha planteado que una segunda ola progresista no puede transformar la disposición social sino que debe estabilizar los cambios realizados en la primera etapa, y que “el espacio de reformas que la sociedad demanda y está dispuesta a aceptar es mucho más reducido y moderado”.

El problema de estos gestos es que nosotros, la Argentina, somos el antecedente. La elección de Alberto Fernández por CFK en 2019 fue una jugada del mismo tipo. Cuando asumió el Frente de Todos, algunos analistas hacían una analogía entre su coalición y la de Lula en 2002: espacios donde debían convivir virtuosamente Grabois y Nielsen, Boulos y Meirelles. La palabra clave, lo que se ha perdido, es virtuosamente. Como remarcó Schargrodsky, las afirmaciones arriba citadas de García Linera van siempre acompañadas de la advertencia de que “si el progresismo detiene sus bríos igualitarios se convertirá en un jugador de segunda”.

En la posdictadura Argentina, una parte de la izquierda realizó un redescubrimiento del contractualismo como teoría política correlativo a una revalorización de la democracia y los derechos humanos como agenda de izquierda. El epítome de este proceso lo representó Juan Carlos Portantiero, socialista gramsciano convertido en funcionario alfonsinista. Este fue un momento crucial de la evolución del progresismo sudamericano. Pero el riesgo es, como lo fue en ese momento, caer en la trampa de creer realmente que con la democracia se come (ni hablar de si se cura o se educa).

Volvamos, entonces, al constreñimiento político. ¿Cómo lo hicieron los presidentes sudamericanos hace ya dos décadas?

Es evidente que el legado de Néstor Kirchner está, en este momento más que nunca, en pugna. Las (re)interpretaciones de su negociación con el Fondo Monetario Internacional forman el campo de una batalla discursiva que no debe confundirse: es parte de una guerra por la representación. Lo indiscutible (e indiscutido) es su capacidad de invención. Podemos señalar todos los elementos que limitaban los márgenes de la acción política en la Argentina post 2001: un Estado desmembrado, una sociedad civil en ruinas, un quiebre absoluto de las expectativas políticas. Se han marcado también los puntos que dieron libertad a Kirchner: el fin de la convertibilidad y el default declarados en presidencias previas, el minado campo político que no ofrecía adversarios fuertes, el viento de cola del comercio internacional que se vislumbraba.

El problema es que el trabajo de Kirchner consistió precisamente en hacer aparecer esos elementos de los que emerge la libertad de acción. No hay tal cosa como una solución fácil al momento en que el ruido es completamente ensordecedor, y toda política debe empezar por reconocer que se trata de escuchar ese ruido de una forma diferente. Poder oír en él lo que ya es, en potencia, música. Que Boric pueda hacer de su distancia con la revuelta de 2019 un activo que le permita establecer una división de poder con la Constituyente y pensar su presidencia como una transición hacia un Chile más justo. Que Lula pueda tomar la quebrada confianza del pueblo brasilero en la política de partidos y plantear un retorno a las políticas de igualdad social que no se represente como un retorno en el tiempo. Que Petro pueda construir en Colombia más allá del “no” uribista y el descontento sin objetivo. Que, en otras palabras, se puede quebrar el esquema y formar un nuevo dispositivo de representación política.

3. El desastre

Escribimos estas líneas desde la música que no fue. En sus primeros meses de gestión, cuando la superación de la grieta todavía era considerada una realidad alcanzable, el presidente Alberto Fernández reversionó (con mejor gusto que sus covers de rock nacional) una frase de Néstor Kirchner. “Todos tienen su verdad relativa” se convirtió en “la verdad es sinfónica”. Un giro ontológico trascendental: ya no se trataba de relativismos incapaces de dar cuenta de la realidad (recordemos que es, según el primer nombre tácito en esta tríada, la única verdad) sino de que toda certeza debe componerse en forma armónica por perspectivas que cesan de ser contradictorias para sumarse a un todo.

Esa sinfonía se ha deshecho en una serie de sonidos cada vez más semejantes al ruido, hasta estallar en esta cacofonía amorfa donde la inercia es la única ley.

¿Cómo se produce un desastre tal? Al hablar una y otra vez de representación, puede parecer que estamos en un nivel meramente discursivo, comunicacional, estético, en las palabras y no en las cosas. La trampa está en el adverbio meramente: no hay nada de mero, de “tan solo” en la representación. Esta es constitutiva de la política. Nos situamos en el sitio donde todas las cuerdas se anudan.

En 2008, plena Crisis del Campo y nacimiento del kirchnerismo qua kirchnerismo, Carta Abierta hizo su primer (y, admitamos, único) aporte a la política nacional: el concepto de destituyente. Una categoría que permitía pensar las crisis de poder sin traer a escena los fantasmas del golpismo post 83 (carapintadas, Tablada), que habían sido conjurados. Lo que vivimos hoy en Argentina no es, evidentemente, un clima destituyente. Los dos elementos que hacen efectivamente temblar la legitimidad del gobierno son su propia gestión paupérrima y su propia interna descarnada. Y el fantasma tuyo sobre todo: el de Néstor convocado por Fernández en la campaña 2019. Es decir, la institución fallida de un nuevo momento político.

En los años 80, Guillermo O’Donnell pensó una tipología de crisis dentro del Estado capitalista: de gobierno, de régimen, de expansión de la arena política, de acumulación, de dominación celular. Es evidente que, en un contexto de realismo capitalista, es decir, donde en gran parte del mundo la legitimidad del capitalismo liberal surge exclusivamente de la imposibilidad radical de pensar cualquier otro tipo de orden, esta clasificación es anticuada. Además, el pensamiento sobre la crisis debe adaptarse al consenso democrático. En ese contexto, el mismo O’Donnell volvió a pensar las crisis como algo endémico a la democracia, y, de hecho, potencialmente positivo: marca la posibilidad de la insatisfacción y la ilegitimidad de su supresión autoritaria.

Después del 2001, o, más bien, después del 2002, es decir después de las consecuencias del 2001, hemos construido una especie de consenso de la estabilidad. Es lo que inspiró a Alberto Fernández a salir a decir que “el dólar está bien a 60 pesos” luego de su triunfo en las PASO, “salvando” al gobierno de Macri de la escalada y generando el origen de la ruptura con CFK, cuya posición podemos definir jocosamente como fanoniana-aceleracionista: dejar que el macrismo entierre al macrismo. Este consenso se va depositando, de a poco, como un realismo. ¿Podemos imaginar un 2001, de nuevo? el anuncio de la película de Los Simuladores, serie cuya premisa está en sí misma basada en la ruptura de los lazos sociales y la seguridad social a principio de siglo, sea una señal.   

El problema del consenso democrático es el riesgo de que se vuelva un realismo democrático; para repetir la definición, que no veamos en la democracia atributos positivos sino la total negatividad de la Alternativa que hoy no ofrece otro nombre que el Terror. (Silvia Schwarzböck sostuvo en su libro Los espantos que, precisamente por este motivo, hay que pensar la posdictadura desde la estética.) El riesgo es caer en la lógica del chantaje, que podemos ver reflejada en el discurso que domina hace tres décadas al Partido Demócrata estadounidense: tenemos derecho a hacer absolutamente todo mal, porque lo único peor que nosotros sería un gobierno republicano. Y el vaciamiento de la política que esto implica, que puede leerse concatenando en orden inverso los dos eslóganes de campaña de Obama: yes we can/hope (sí, podemos / esperar).

¿Y si el consenso de la estabilidad se torna también un realismo? Es verdad que todo es peor que un 2001, pero ¿qué estamos dispuestos a aceptar en consecuencia? Tenemos un modelo muy claro de esto: es exactamente lo que hizo el menemismo con la hiperinflación. El problema de la posición de La Cámpora, al hacer esta denuncia, que formalmente puede atenderse, es que ella misma está presa del realismo: su consigna se desarma cuando se descubre que su contenido es “no a este acuerdo con el Fondo pero sí a uno parecido (que administremos nosotros)”.

¿Qué es la alternativa de Guzmán? ¿Es un chantaje al estilo menemista, un acuerdo que fue hecho a espaldas de la sociedad? (¿Hay otra manera de negociar con el Fondo Monetario?) ¿O es la autolimitación del momento uno con el fin de sobrevivir hasta el momento dos? La realidad es que es difícil definir esto: si bien no podemos simplemente resignarnos a aceptar en cualquier caso la lógica “es X o el abismo”, ¿podríamos rechazarla si supiéramos, con el diario del lunes, que hemos evitado de verdad un abismo?

El realismo de la estabilidad y la lógica del chantaje son correlativos. Es completamente cierto que debe evitarse el default a toda costa, como sostuvo por ejemplo Luis D’Elía. Pero el acuerdo con el FMI debe defenderse por sus virtudes específicas, que pueden expresarse en términos negativos (evita la cesación de pagos, excluye reformas estructurales, da un plazo elevado) pero no pueden reducirse a “no hay alternativa”.

En todo caso, el problema no está aquí ni ahora sino antes: cuando fracasó la institución política. Para eludir la caída en el ruido al que nos vemos, parece, irrefrenablemente llevados, no podemos continuar haciendo oídos sordos. Es posible construir, nuevamente, música: que las distintas partes formen un todo sinfónico. Fue posible en 2019, cuando el peronismo estaba completamente disgregado y los egoísmos no pesaban menos que hoy. Y es posible todavía, porque conjurar el fantasma de la derrota segura es una necesidad de absoluta urgencia. Para eso hay que volver a pensar cómo construimos el lazo, contingente pero firme, de la representación política.

Recordemos que en esta lógica, en el mundo de la representación quebrada, siempre gana la derecha política en formas sucesivamente radicalizadas. El riesgo del realismo de la estabilidad es que siempre, sin excepción y en todo caso, ante un orden de puro surge alguien que reclama su derecho soberano a decir no.

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