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Crítica al continentalismo por defecto

"Quizá sea mejor comenzar a pensar nuestra política exterior en el espejo de estas naciones y no solo en un antiimperialismo puramente ideológico. La idea sería no renegar de nuestro latinoamericanismo sino hacerlo parte de una política exterior realista."

Nota: este artículo nace como un insumo más entre varios para una instancia de formación política de la agrupación Juventud del Bicentenario, con la temática de latinoamericanismo e integración regional, con lo cual su objetivo central era señalar contrapuntos y contradicciones, no necesariamente afirmarse como única lectura correcta y marcar una política a hacer. Alguien que la leyó en su momento bien juzgó: “un diagnóstico realista no alcanza para hacer política, ahí entra el rol del conductor”. Pero lo que es seguro es que es imposible encontrarle una solución a lo que nunca se vió como un problema y que no se puede mejorar lo que nunca se cuestiona.

No es el propósito de este texto ir contra ninguna esperanza de unidad continental, sino marcar algunos límites y peligros que se presentan en el camino. La conexión política, económica y cultural de América Latina es una realidad. Nuestra Revolución de Mayo fue una revolución continental, nuestros ciclos políticos se alinean muy cercanamente con procesos similares en el resto de América latina. Es claro que una política puramente aislacionista no tiene ningún sentido, y si no lo tenía en la década del 50, menos lo tiene en el mundo globalizado en el que vivimos.

Pero con la potencia ideológica del latinoamericanismo en la primera década y media de este siglo, hay ciertas premisas que desde la militancia empezamos a asumir como obvias. Quizás no estén mal en sí mismas, pero es un peligro aceptarlas como dadas, especialmente por el hecho ineludible de que ese modelo de integración fracasó. Palabras más, palabras menos, la ola integracionista retrocedió fuertemente con el debilitamiento de los gobiernos que la impulsaron.

Si un proceso integracionista retrocede fácil y rápido es que nunca hubo una real integración. La búsqueda necesaria es cómo lograr una integración basada en pilares sólidos, que no sea disuelta fácilmente.

¿Tiene sentido hablar de continentalismo?

A mediados del siglo 20 el mundo estaba claramente dividido. Podías ser una potencia central capitalista y liberal: entonces pertenencías al Primer Mundo. Si eras la URSS o cualquiera de sus satélites, te tocaba el mote de Segundo Mundo. Todos los demás  eran el Tercer Mundo. En muchos de estos países el “tercermundismo” se volvió un nombre signo del antimperialismo.

Hoy las cosas cambiaron: colapsó la URSS y no hay ninguna posición con la “equilibrar” la influencia del bloque atlantista (EEUU, Europa, etc). Hoy el Tercer Mundo es una representación puramente socioeconómica. Países débiles, pobres, no desarrollados, etcétera.

Así y todo, hoy hay países que no son el Primer Mundo pero tampoco el tercero. Naciones que en los últimos 100 años lograron constituirse como tales y poner en práctica su propia doctrina. Con ideologías, tamaños y alineaciones muy distintas pasaron de no existir o estar sumidas en un hondo subdesarrollo a ser jugadoras respetables en el tablero internacional. Quizá sea mejor comenzar a pensar nuestra política exterior en el espejo de estas naciones y no solo en un antiimperialismo puramente ideológico. La idea sería no renegar de nuestro latinoamericanismo sino hacerlo parte de una política exterior realista.

Si vemos un paneo general de este tipo de países vemos cierto patrón, su política exterior es, primero y principal, un proyecto nacional. Es decir, no son aislacionistas pero el núcleo de su acción está en fortalecer los intereses de su propia nación y no los de un armado regional o continental. Son países que proyectan política regional desde ellos mismos.

El continentalismo es un hecho dado en nuestra doctrina política. En gran medida, porque en las décadas de 1940-1950 se veía como un hecho inevitable. Los grandes bloques como EEUU y la URSS, que eclipsaban a los viejos pequeños estados nacionales como Francia e Inglaterra, se veían claramente como el futuro. La integración europea también, progresivamente, parecía indicar que era ese el camino. Pero el reflejo de esto en el tercer mundo no funcionó. Las dos esperanzas, la integración latinoamericana y la unidad del mundo árabe, fracasaron.

China, por ejemplo, hace no mucho tiempo integraba sin dudas el Tercer Mundo. Con el empeoramiento de las relaciones sino-soviéticas, probablemente era su referente internacional. La política exterior que adaptó China a la salida del maoísmo fue en reversa a la anterior. Logró encontrar su complementariedad con el escenario internacional, generar una potente modernización y de ahí volver a salir al mundo políticamente, con un proyecto propio. La nueva Ruta de la Seda es una muestra de esta política exterior primariamente nacional, pero que se extiende hacia toda una región.

Si bien la escala china es demasiado grande para compararnos con ella, existen países más chicos, como Vietnam (nuestro quinto socio comercial) o Turquía, que muy inteligentemente plantean un equilibrio en su relación de cercanía o ruptura con las potencias, pero siempre proyectando políticas propias. Vietnam volviéndose un hub de producción y comercio. Turquía proyectándose como potencia regional en base a su capacidad militar.

Estos ejemplos, igualmente, son difíciles de imitar en nuestro continente por la ausencia del conflicto étnico-religioso como motivador de la dinámica internacional y especialmente en nuestro país, por la diferencia de escala demográfica, de cultura y calidad de vida. Pero, aunque sea, esto nos tiene que motivar a pensar un poco más en cuál puede y debe ser la política exterior argentina, antes de pensar en la latinoamericana.

La integración nacional se hace entre naciones, y para poder conducir un proceso de ese estilo se debe ser una gran nación, una potencia regional. ¿Cómo se llega a eso? en principio, instituciones sólidas, fuerzas armadas u otra forma de proyectar poder político, una gran capacidad comercial y productiva y un desarrollo tecnológico de avanzada en ciertas áreas estratégicas. 

En América del Sur hay dos países que pueden cumplir (y vienen cumpliendo) este rol: Argentina y Brasil, nuestro principal socio comercial. (Con el liderazgo de Chávez, Venezuela también estuvo en ese nivel, pero eso se desinfló.) El juego geopolítico entre Argentina y Brasil y con el resto de sudamérica es bastante complejo para cualquier idea de integración regional. Para decirlo simple y claro: somos ambas naciones en competencia, ambas aspirantes a ser la conducción de la región.

Una integración regional sin tener esto en cuenta es tremendamente peligrosa. Todo acuerdo superestructural implica cierta pérdida de soberanía y autarquía. Mientras las ganancias sean mayores a las pérdidas y “ganemos todos” no hay problema. El riesgo es entrar a un bloque regional y que Brasil nos “primerée” y sea la hegemonía en esta estructura. Para incrementar un poco el pesimismo, si somos realistas, incluso Chile está en camino de superarnos en la balanza regional, si no fuera por sus malas relaciones diplomáticas con sus vecinos, que complementa con mejores lazos con las potencias.

En la lógica multilateral, como la del Parlamento Europeo, si bien los países se relacionan entre ellos con ciertas reglas claras y ordenadas, las diferencias de peso específico no desaparecen. El proyecto europeo, por más democratico que sea, está claramente conducido por Alemania y Francia, con el resto de países como actores secundarios. De cualquier manera, en el rol que sea, siendo potencia regional o estando dentro de un esquema multilateral, lo importante es no quedarse afuera de las mesas de discusión y el reparto de influencias. Es justamente en base a estos peligros que Argentina debe profundizar en su política exterior su involucramiento en la dinámica regional. El aislamiento en lo único que puede resultar es en ceder más y más terreno. Además, la competencia y la cooperación no son necesariamente excluyentes en las dinámicas entre países.

Uno de los grandes problemas de la última oleada de integración fue su carácter principalmente ideológico, e incluso partidista. No porque esto sea malo en sí, sino por las debilidades que eso trajo ante el cambio en los gobiernos de los países miembros. Además, el hecho de que ciertos países se hayan podido retirar de la UNASUR prácticamente sin ningún costo, muestra la fragilidad del mecanismo.

Las estructuras que resisten los rápidos cambios de las dinámicas democráticas son los que están atados a elementos más fijos y estructurales. Estas pueden ser tanto dinámicas demográficas, culturales o geográficas del territorio o las proyecciones de largo plazo de las élites de los países. 

Las cadenas de producción que logran traspasar fronteras pueden ser mucho más que esquemas de comercio de suma cero. Si las economías logran complementarse en sus flancos débiles, eso puede convenirle a más de una nación. La división internacional del trabajo es generalmente considerada una mala palabra en nuestro país, pero esto no necesariamente debe ser así, especialmente si tenemos en cuenta que, hacia dentro de América del Sur (y en algunos campos específicos, a nivel mundial también) podemos ser una potencia de avanzada tecnológica. En todo lo relacionado a la biotecnología, medicina, alimentos, energías alternativas, software, entre otros.

Especialmente en América Latina, donde, como bien dijo Cristina en la asunción de Xiomara Castro en Honduras, “los pueblos siempre vuelven”, hay que prestar atención a las bases demográficas. Un ejemplo claro es Bolivia, que vive y vivirá en una interna entre el Alto y la “medialuna” de las zonas bajas. En el futuro cercano, por muchísimas razones, está en nuestros intereses estructurales (más allá de lo ideológico), apoyar al poder constituído en el Alto, mucho más cercano a nosotros que la medialuna, mucho más cercana a Brasil. 

La capacidad de influencia cultural e ideológica es más difícil de medir pero no menos potente. El soft power va desde ser un refugio para líderes políticos exiliados o ser punta de lanza en nuevos derechos sociales en la región hasta la exportación de productos culturales como música, series o juegos. Estos elementos parecen más difusos, pero hacen a una política exterior y a la profundidad de la integración entre los países.

En resumen, el desafío latinoamericano para Argentina es lograr tener una política exterior seria, no aislacionista, donde la integración regional no implique más costos que beneficios y esté asentada en bases estructurales.

Como último ejemplo quería traer este Plan Estratégico de la República de la India. Es un programa que resume bastante bien lo que es un proyecto de política exterior serio, realista, valiente y de avanzada. En un resumen rápido, para escapar de la influencia china que monopoliza las rutas terrestres de Asia a Europa, este plan busca un camino alternativo, pasando desde los puertos de Emiratos Árabes Unidos por nuevas vías de ferrocarril hasta Israel y de allí al Mediterraneo y Europa. Esta ruta se abrió como posible con la reciente apertura de las relaciones entre los estados árabes e Israel con los “Acuerdos Abraham”.

En cada punto de la cadena hay un nodo estratégico productivo por el cual tanto India como el país local se benefician de integrarse a esa red. Con los países árabes, compra de petróleo y venta de alimentos. De Israel se puede importar tecnología de conservación del agua y colaboración para cuestiones tecnológicas de alto nivel, sumado a la conversión de la paz con los árabes en un éxito internacional. Con Europa, la apertura de una nueva vía de comercio de colaboración directa y una nueva forma de esquivar la creciente influencia china en el comercio euroasiático. Todos estos intercambios, que en alguna medida ya se estaban empezando a hacer de forma espontánea, pueden organizarse, conducirse y optimizarse, con una correcta estrategia.

Este plan muestra la importancia clave de la infraestructura (tanto puertos como ferrocarriles) para la dinamización de las relaciones internacionales y para abaratar las cadenas de valor transfronterizas. Con esto, la cercanía aumenta y la integración entre las naciones, pueblos y economías deja de ser una proclama y se vuelve una realidad.

En principio podemos pensar  una serie de ideas específicas que materialicen estos objetivos, empezando con nuestros países vecinos.

Con Uruguay tenemos que resolver la cuestión de que nuestras empresas la utilicen como paraíso fiscal sin que la presión que ejerzamos para lograrlo la empuje más lejos de Argentina. Con Uruguay y Paraguay tenemos que encarar un proceso de ordenamiento y control de la cuenca del Río de la Plata. El principal beneficiario de una renovada hidrovía en el Paraná es Paraguay. A cambio de conectividad e infraestructura, Argentina debe exigir mayores controles al contrabando y al narcotráfico. Con Bolivia, nos debemos una renovada infraestructura que les garantice acceso a puertos en el atlántico y una explotación en conjunto de Litio y otros minerales. Con Chile y Brasil, incrementar la complementariedad de nuestras economías para reducir tensiones, sin relegar nuestros intereses nacionales, intentando solucionar nuestros puntos de mayor conflicto, como el flujo de las represas de Itaipú y el Bajo Iguazú o el puente de cruce a Tierra del Fuego y las proyecciones antárticas. En todas estas fronteras, también, la colaboración en el combate al terrorismo, el trafico de personas y el crimen organizado.

En un proceso de creciente tensión entre EEUU y China, con tensiones en Europa, Rusia, y Asia, la política americana parece sorprendentemente tranquila. La capacidad de mantener una neutralidad estratégica que nos beneficie o la necesidad de recostarnos totalmente en alguno de los bandos dependerá en una enorme medida de como se den las dinámicas adentro de la propia región, puesto que como bloque es siempre más fácil resistir las presiones de una u otra potencia que como países aislados[1].

De nuevo, todas estas políticas son realistas y posibles, pero requieren unas condiciones internas de crecimiento y relativa estabilidad. Argentina puede ser punta de lanza de la región en ciencia, tecnología, producción alimentaria e infraestructura y conducir a la región para alcanzar mayores márgenes de autonomía pero nada de eso es posible si no se asegura un modelo productivo interno sólido.

La situación actual es muy delicada, pero, con todo lo que se le pueda criticar al gobierno de Alberto Fernandez, la política exterior respecto a América Latina y las condiciones regionales son bastante prometedoras.

Las grandes apuestas de bancar a Arce en Bolivia y a Boric en Chile fueron rotundos éxitos. Hoy contamos no solo con presidentes cercanos, sino que aparte nos deben favores. Si tenemos la habilidad para sacar beneficios, es más bien asunto nuestro. 

La ola de nuevos gobiernos progresistas (por ponerle un término) parece continuar. La presencia de Lula en el acto en Plaza de Mayo el último 10 de diciembre es otra apuesta fuerte. Junto con la buena política de Scioli (y también Massa) en las relaciones con Bolsonaro, marcan un correcto rumbo, donde se construye con quién sea que esté.

La experiencia de los últimos años muestra que las apuestas de “jugársela” por los actores más cercanos viene funcionando, pero nunca se sabe los límites de esa clase de políticas hasta que llegan. Así, la posible, y no muy improbable, victoria de Lula en Brasil puede poner a prueba esta nueva etapa de relaciones diplomáticas en América del sur. Si viene una nueva ola de integracionismo y cooperación, ¿quedaremos como furgón de cola de ese proceso o podremos liderarlo? 

[1]  Esto fue escrito antes del conflicto Ruso-Ucraniano. Las votaciones en la ONU parecen mostrar una gran desorganización en Latinoamérica. Brasil y México votaron generalmente abstenciones o posiciones neutrales mientras que la de Argentina acompañó los repudios diplomáticos de occidente. Si el objetivo es la conducción de una neutralidad estratégica regional entonces esto es preocupante.

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