Bajo techo

¿Volver al campo?

"Creemos que no se trata de buscar una terminal progresista en la gramática del modelo actual sino, más bien, de producir incentivos que ayuden a imaginar otra urbanidad posible."

Por Mateo Barros

Concentración urbana: un mapa contraintuitivo

En los últimos años, parte de los movimientos sociales tomó la definición de añadir a su habitual pliego de reivindicaciones de la triple T (Tierra, Techo y Trabajo) la dimensión de la desconcentración urbana: se proclama la idea de una vuelta al campo. Esta idea está compuesta, asimismo, por varias aristas: la vuelta al campo supone que los actuales niveles de concentración urbana -en la Argentina, un 92% de las personas vive en ciudades de más de 2000 habitantes- no suponen como horizonte una vida más feliz y más sana. Esta agenda incorpora una dimensión de sustentabilidad ambiental y armonía con el entorno: el uso de la energía es un foco crítico, en los últimos quince años el Área Metropolitana de Buenos Aires no ha logrado reducir la huella ecológica. Por último, se considera a la desconcentración urbana como un incentivo a frenar la inercia de este federalismo incompleto, en el que el progreso social se posterga dependiendo el lugar de nacimiento. 

Son muchas las influencias que pueden ejercer las ciudades sobre el modo de vida que adoptamos, la ciudad moderna no es solamente sus casas, sus fábricas, sus bancos y escuelas, es también el centro de iniciación y control de la vida económica, política y cultural en su conjunto: en definitiva, es un gran dispositivo de producción de subjetividad. No debemos ignorar que la ciudad, como artificio, es producto de un sistema de producción inacabado y no nace de forma instantánea, es decir que hay ciertas capas subterráneas que ejercen influencias sobre los modos de vida que no lograron extinguir por completo las formas anteriores de vida en comunidad. 

¿Qué intentamos decir? Que en mayor o menor medida, nuestra vida porta huellas de sociedades anteriores, o más específicamente, de formas de asociación anteriores. Ciudad y campo pueden considerarse como dos grandes dispositivos de organización de la vida en comunidad, y aunque a simple vista se nos presentan como antagónicos -y en muchos sentidos, lo son- no son conceptos separados sin interacción mediante; por el contrario, se trata de un par conceptual que funciona como gradiente: en las ciudades existen reductos marginales en los que el modo de vida pregonado por la “ciudad formal” no tiene asidero. 

Quien ha escrito muchísimo sobre este asunto ha sido Gino Germani, señalando la existencia de una multiplicidad de marginalidades superpuestas: desde la marginalidad casi total de aquellos que viven en las regiones periféricas o atrasadas, o en comunidades tradicionales aisladas dentro de la nación; hasta la marginalidad de los migrantes urbanos que se encuentran segregados en arrabales y villas miseria, pero que participan en algunas actividades urbanas y tienen mucho más contacto con los medios de comunicación que el habitante aislado de las áreas periféricas.

Volviendo a lo primero, es necesario destacar que la densidad no es una marca definitoria per se del urbanismo. De hecho, por lo general, las zonas céntricas de mayor movimiento diurno (centros industriales, gubernamentales o bancarios, entre otros) suelen ser zonas de baja densidad poblacional. En la Capital Federal la pandemia puso en evidencia esto con toda claridad: la no-circulación de personas en una zona casi exclusivamente comercial convirtió el centro en un muestrario de persianas bajas y abandono de actividad económica. Dos años después y con una recuperación parcial de la presencialidad laboral, el casco histórico de Buenos Aires no logra aún recomponerse del desamparo. En ese sentido, el legislador Manuel Socías ideó una proyecto de ley cuyo objetivo es generar un shock de oferta de vivienda para la recuperación urbana de estos barrios, financiando la reconversión de oficinas y estudios profesionales en viviendas únicas permanentes destinadas a locaciones habitacionales; iniciativa que, asimismo, ayudaría a descomprimir la demanda de alquileres y el alza de los precios.

Aunque la densidad no sea un rasgo inherente a toda ciudad, es importante reconocer que la comunidad urbana se distingue por una gran concentración y un conglomerado relativamente denso y que, además, la tendencia en el mundo es a la acentuación de esto último. Esto en la Argentina adquiere una particularidad aún mayor respecto al resto de los centros urbanos del mundo: el Área Metropolitana de Buenos Aires representa menos del 0,5% del territorio nacional y alberga a más de 15 millones de personas, concentrando aproximadamente al 40% de las personas pobres del país. Brutal. En términos de representación porcentual, el dato se configura de la siguiente manera: aproximadamente el 37% de la población total de la Argentina vive en el AMBA. Si uno compara estos números con los de las grandes ciudades latinoamericanas como San Pablo -conglomerado urbano tremendamente denso- el resultado obtenido es de un 10% de la población total brasileña. Si lo extrapolamos a El Cairo, capital de Egipto, el número asciende al 9%; en la Ciudad de México, en cambio, esta representación asciende a aproximadamente un 16%.

Ninguna de estas ciudades se asemeja en su densidad a los valores que observamos en la Argentina. La pregunta que nos hacemos, entonces, es la siguiente: en los actuales niveles de densidad poblacional, empleo informal y falta de oportunidades con que cuentan los grandes centros urbanos de la Argentina y el Área Metropolitana de Buenos Aires en particular, ¿Qué posibilidades de progreso y movilidad social ascendente tiene para ofrecer este modelo de configuración urbana? ¿Podemos imaginar un modo de vida, sencillamente, más feliz fuera de estas grandes ciudades?

AMBA: ¿Tierra de oportunidades?

Según un estudio del Instituto Gino Germani (2017), en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde el 2007, la mitad de la población que se incorporó reside en forma deficitaria. En la Provincia de Buenos Aires, Rubén Pascolini afirmó en 2020 que el diagnóstico construido por la Subsecretaría de Hábitat del gobierno provincial arrojaba la existencia de un déficit habitacional proyectado en la Provincia de aproximadamente 1.240.000 familias.

Este crecimiento reciente, naturalmente, se encuentra vinculado -sin obviar la histórica migración interna y la cultura de desarraigo que acarrea la Argentina hace décadas- con las transformaciones en el plano de la política migratoria durante la última década y los flujos de circulación de personas: en los últimos años, las diferentes instituciones regionales de América Latina (MERCOSUR y UNASUR, fundamentalmente) han pretendido avanzar en conceptos como la ciudadanía regional. Néstor Kirchner fue un gran impulsor de esta libre circulación de personas que, en momentos de progreso económico y social sostenido durante la última oleada progresista, tenía mayor sentido específico que el que adopta en esta Sudamérica fuera de eje, en la que las oportunidades son magras.

Por otra parte, observamos que, históricamente, ha habido más población adulta urbana económicamente activa o empleada que en la vida rural, la ciudad por lo general favorece el autoempleo, aunque el costo de vida suele ser significativamente mayor. Ya lo decía Louis Wirth (1938), en las ciudades el asociativismo para cumplir objetivos es mayor, porque en la vida urbana es mayor la interdependencia. Si a este elemento de análisis uno le añade el factor de la globalización vemos que esa interdependencia aumenta a la vez que se agregan incentivos culturales, educativos y de consumo. En el año 2017, el Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP) registró unos 4.228 barrios que cubren 330 kilómetros cuadrados y albergan más de tres millones de habitantes. De esos barrios y asentamientos, más de la mitad nacieron antes del año 2000, el resto es posterior a los 2000 y casi un cuarto del total son posteriores a 2010.

La desigualdad en el acceso a la vivienda digna es drásticamente mayor hoy que hace veinte años. Incluso el ahorro en bienes inmuebles durables cayó estrepitosamente producto de que la inversión residencial es carísima en la actualidad. Esto ocurre no sólamente por la anemia crediticia, más bien el acceso al crédito de refacción y construcción se ha recuperado durante los últimos dos años, sino por el alto precio de esos bienes y la relación que guardan con los ingresos de las personas. 

De este modo, la lógica rentista del mercado inmobiliario que gobierna el acceso a la vivienda nos acorrala en un espiral sin salida: los alquileres suben desenfrenadamente los precios por el aumento de la demanda y los barrios populares y asentamientos crecen cuantitativamente todos los años, mientras que el acceso justo al hábitat no existe más allá de las publicaciones académicas y algunas nobles iniciativas dispersas. En este sentido, la construcción de viviendas por parte del Estado para aminorar el problema habitacional argentino, lejos de resolver la estructura de concentración urbana, ataca un porcentaje realmente ínfimo del problema. 

En esa línea, existe una iniciativa reciente de un sector de los movimientos sociales que resulta interesante a los fines introducidos en este artículo: se trata de la Ley de Producción Social Autogestionaria del Hábitat Popular, una propuesta tomada por el Gobierno Nacional que impulsa el financiamiento de políticas de vivienda y hábitat sustentadas en la concepción autogestionaria. ¿Qué quiere decir autogestión de la vivienda? En primer lugar, que están destinadas únicamente a instituciones intermedias que procuren este bien social: cooperativas, mutuales, sindicatos y asociaciones civiles sin fines de lucro. En segundo lugar, algo novedoso, el proyecto incluye la propiedad colectiva como opción de tenencia, instrumentándose esta opción mediante la conformación de cooperativas de usuarios que gestionarían dicho hábitat. Es decir, las asociaciones colectivas construyen, gestionan y habitan dicho territorio. 

Las propias condiciones del proyecto sugieren cierta desconcentración urbana, ya de por sí es difícil imaginar ese tipo de desarrollos en conglomerados en los que escasea la tierra disponible y abunda el hacinamiento. En definitiva, este modelo de sobre-concentración en las ciudades fue parido bajo el manto las expectativas de un capitalismo fabril hoy vetusto. Las ciudades son la unidad de medida que refleja el avance del modelo neoliberal en cada uno de los países, midiendo cuánto se urbanizó la población. 

Éste asunto, la desconcentración y la reforma urbana, es un tema que está en la agenda de discusión de los sectores progresistas del mundo. Aquel modelo de pequeñas ciudades o ciudades fábricas, sin embargo, parece difícil de reeditar precisamente por los incentivos culturales, educativos y de consumo que han aparecido con tanta prepotencia desde la década del noventa. Insistimos en esto: la tendencia en el mundo es a la concentración urbana, al olvido de aquellos reservorios de comunidad que conocimos en algún tiempo pasado. Prácticamente no hay, al día de hoy -salvo algunas excepciones-, barrios residenciales que hayan conservado intacta su morfología y no hayan flexibilizado códigos para poder construir en altura. La idea de ciudades comunitarias o en red, de pueblos nuevos formados en torno a actividades económicas específicas, parece una ilusión romántica. No obstante, la pandemia y el confinamiento que ésta trajo despertaron algunas alertas que incentivaron a tomar con mayor seriedad una hipotética “vuelta al campo”, poniendo en tela de juicio la urbanidad de los últimos años y estos niveles de concentración. 

Seguir densificando no es la solución, por más que de la construcción de nuevas viviendas -en el desarrollo privado o en el público- podamos extraer plusvalías que ayuden a urbanizar barrios populares e integrar a la ciudad formal aquello que permanece olvidado por el Estado y la política pública hace años. Creemos que no se trata de buscar una terminal progresista en la gramática del modelo actual sino, más bien, de producir incentivos que ayuden a imaginar otra urbanidad posible. Por cada obra de infraestructura en las ciudades, hay que replicar una obra similar en el campo. Por cada vivienda construida en el conurbano debemos generar un loteo de tierra con servicios en el interior del país. Sin ánimo de caer en lo naif, es necesario poder imaginar vidas más felices y formas más humanas de habitar y de vincularnos. Urge, entonces, replantearnos el modo de abordaje de la emergencia y los modelos de solución importados de un pasado que, en rigor, se parece muy poquito a este presente.

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