Háganse cargo

¿Hacia dónde vamos? 5 apuntes antes del 2023

"Este combo de inflación que no cede con salarios retrasados, que es la principal causa de los millones de votos que perdió el oficialismo en las elecciones intermedias, quizás sea la explicación también de la distancia entre la agenda reformista-ofensiva del Gobierno y las preocupaciones de la gente de a pie."

Por Alexis Schamne Aráoz y Mateo Barros Estrada

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En una conversación de WhatsApp, de esas en las que se esbozan balances bajo la excusa del fin de un año, los dos autores de este artículo nos preguntábamos por los principales aciertos del Gobierno nacional en el 2022. Rápidamente en el chat se inició un ping pong en el cual, no sin que suponga un renovado esfuerzo, nos debatíamos si el récord de exportaciones alcanzado, los mayores registros de utilización de la capacidad instalada, el tangencial pero sostenido crecimiento del trabajo registrado, o el boom de producción de gas e hidrocarburos del último año son goles que nos podamos anotar en la libreta oficialista. Al mismo tiempo, aparecía otra interrogante ¿se puede celebrar, por la negativa, aquello que no se hizo y qué para muchos -que no titubean en descuidar a los más humildes- era tan necesario como inevitable? Nos referimos a la idea de devaluar en medio de una corrida cambiaria cara de sortear, pero también a un ajuste más grosero en áreas sensibles como educación, salud, asistencia social y jubilaciones. 

Necio y obsecuente sería introducir estas líneas sin señalar que el gasto dejó de expandirse a mediados de año y que la fragilidad económica del país no se corrigió -parcialmente, desde la asunción de Sergio Massa como Ministro de Economía- sin mediar ajuste. Además de las concesiones realizadas para fortalecer las reservas del Banco Central (dos ediciones del llamado Dólar Soja) y la emisión de bonos dual para cumplir con el torniquete a la emisión monetaria a través de la colocación de deuda pública. Dos ejemplos de medidas que favorecieron a quienes nunca dejaron de estar en la lista de ganadores de los últimos años, pero que nos permitieron enderezar el barco.

La síntesis es compleja y ecléctica: el balance de los tres años de gobierno es positivo si se tienen en cuenta las condiciones que recibimos de la experiencia macrista (brutal endeudamiento en dólares del sector privado, un préstamo irregular con el FMI y el desmantelamiento de las capacidades estatales), los imprevistos que surgieron (pandemia y guerra OTAN-Rusia), y los condimentos propios de un frente electoral que nunca dio el salto a lo político (disfuncionalidades en la gestión, falta de unidad de concepción y acción). Pero es negativo si la vara son las expectativas que todos los miembros de la coalición depositaron en la presidencia de Alberto Fernández. Expectativas que, como la esencia del Frente de Todos, eran heterogéneas y van desde el indulto a Milagro Sala, hasta la recomposición del poder adquisitivo perdido durante el gobierno de Cambiemos, pasando por la institucionalización de la economía popular y la nacionalización de sectores estratégicos. Como dice el refrán: el que mucho abarca, poco aprieta.

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La ruptura política que derivó del acuerdo con el FMI (plasmada en críticas furiosas en on, y el voto negativo de una porción de las bancadas oficialistas en ambas Cámaras) no tuvo las consecuencias que se imaginaban. El abismo al que nos acercamos luego de la renuncia intempestiva de Martín Guzmán y el interregno de Silvina Batakis, provocó que quienes se declararon opositores acérrimos al Extended Fund Facility que logramos conseguir en una negociación con altibajos, lo miraran con otros ojos. La coronación de Massa al frente del centralizado Ministerio de Economía con el apoyo explícito del kirchnerismo, saldó las polémicas entre los sectores mayoritarios del oficialismo. Enhorabuena la paradoja: ni Guzmán, el padre de la criatura, puso tanto esfuerzo en cumplir a rajatabla lo firmado como el ahora Ministro, elogiado en exceso por Máximo Kirchner y Andrés Larroque. 

Cerrar la controversia sobre el acuerdo, sin dudas está en el haber de este año que se va, y abre un margen para discutir lo que realmente importa: ¿Cómo hacemos para que el cumplimiento de las metas fiscales y monetarias se resuelva agrandando la torta con el aporte de los sectores privilegiados, y no ajustando el gasto público de un presupuesto exiguo para los desafíos de una Argentina con la mitad de su población trabajadora en la informalidad, y una pobreza de casi 40 puntos?

Para una implementación progresista de un acuerdo inédito en la historia del FMI por su laxitud (no exige reforma previsional, reforma laboral, ni privatizaciones) a priori se necesitan mayorías legislativas de las cuales carecemos hoy en día. El Congreso está prácticamente paralizado, y una de las prendas de unidad de la oposición (además de su deseo de ver presa o muerta a Cristina Kirchner) es la negativa a crear o subir impuestos: una zoncera que anula la discusión desde el vamos.

La encerrona nos empuja a poner todos los esfuerzos en pensar soluciones fuera de las caja de herramientas trilladas a la que solemos echar mano. Por supuesto que en la era de la instantaneidad, la chatura se apodera de nosotros, y aprender frases hechas para marcar lo que falta es más fácil que encontrarle el agujero al mate. Más que nunca hay que profundizar para comprender, y formarnos para resolver.  

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Por si quedaban dudas, la revelación de los chats del viaje VIP a Lago Escondido la misma semana en que se dio a conocer la condena en primera instancia a Cristina, luego de un proceso plagado de irregularidades, terminó de exponer el nivel de connivencia de determinados sectores del Poder Judicial con Juntos por el Cambio y los grupos mediáticos abiertamente antiperonistas. El nivel de coordinación política entre jueces y miembros de la coalición opositora evidencia que aquella máxima que anunciaba que los magistrados se alineaban al poder de turno quedó vieja. Por consecuencia, la tesis de la auto-depuración del Poder Judicial que se agitó desde la Casa Rosada suena, a esta altura, absurda y banal. La estrategia pactista con lo que, en un error conceptual, se denomina el “poder real” está finiquitada, y a todas luces resulta impracticable a futuro: ¿Puede alguien imaginar una expresión peronista con vocación transformadora más de cuello blanco que la que encarnó el albertismo, capaz de llegar a un acuerdo con quienes defienden el status quo? ¿Puede alguien considerar que a esta alquimia electoral del Frente de Todos le falta amplitud y pragmatismo?

Ante uno de los poderes de la República completamente partidizado y que no tiene necesidad de refrendarse en las urnas, restaría explorar la vía rupturista, es decir, la profundización de reformas institucionales sin acuerdos interpartidarios pero con amplio apoyo de nuestra base electoral. Protagonismo popular para salvar a la democracia de la degradación que los acuerdos de cúpulas no frenan, porque pone en jaque sus privilegios. Pero esta estrategia para ser efectiva requiere de un proceso de movilización ascendente no espontáneo, dirigido y agitado por las fuerzas del campo nacional, popular y democrático, capaz de ponerle el cuerpo a una batalla que requiere modificar las relaciones de fuerza por completo. No obstante, las condiciones para un escenario de ese estilo encierran ciertas dificultades: o necesitamos niveles de bienestar de nuestro pueblo más elevados que los actuales, o necesitamos estar en la oposición.

La encrucijada y disyuntiva que aparece como nudo paralizante al interior del espacio político peronista es la incapacidad de condiciones para dar vuelta la taba: no es capaz de erigirse como Partido del Orden (y otros actores de reparto interpretan mejor ese papel) pero menos virtuoso es a la hora transformar progresivamente la realidad que administra; sufre, entonces, una sangría -de gente, y no de dirigentes- por todas sus extremidades.

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La campaña girará sobre un revival del “crecimiento invisible” (Macri Dixit) pero esta vez sustentado en números concretos que delinean un horizonte promisorio pero difuso para la vida cotidiana; y el frente-único para frenar el péndulo que envuelve a los países de la región.

En esa línea, hay un mito que supone que el éxito de la elección del año que viene dependerá de cuánta ilusión genere el/la candidato/a que encabece la fórmula. Apostar a que ocurra un cisne negro denota cierta miopía política, pues el problema es previo y encuentra asidero en las expectativas. Sin alinearlas, todo queda atado a una individualidad que sintetice al conjunto del frente electoral. Y, en rigor, ¿cuántos de esos hombres o mujeres hay al interior del espacio oficialista? Una de ellas, no casualmente la dirigente política que más ha respetado sus palabras públicas en las últimas décadas, ya anunció que no va encabezar ninguna fórmula a razón del linchamiento mediatico que representaría una lista encabezada por una condenada. ¿Y entonces? ¿Hacia dónde vamos? Para que el candidato o candidata sea representativo de los diversos sectores, hay que trabajar sobre las expectativas depositadas en la coalición, porque de esa manera se ordena el programa. Ninguna ingeniería electoral basta para sortear ese escollo. De hecho, la actual amplitud -doblada, pero no rota- de la coalición todista es inédita y catch-all al interior del universo justicialista: casi ningún actor de peso específico, con algún grado de afinidad al peronismo y algún voto que aportar, quedó por fuera.

El mismo esfuerzo que se pone a la hora de alinear expectativas en la economía, debe extrapolarse a las expectativas políticas. La «normalización» o la tranquilidad que reclama el convulsionado Frente de Todos, tiene que ver con delimitar el horizonte de posibilidad, definir objetivos concretos, y militarlos colectivamente desde las agrupaciones de base hasta las organizaciones nacionales. Si continuamos en la lógica cómoda de que la función primaria de cada espacio es acumular capital político a partir de su demanda reivindicativa, volveremos a caer en la paritaria permanente con quien esté sentado en el sillón de Rivadavia. Spoiler alert: la herramienta de la paritaria con el Ejecutivo puede resultar efectiva en periodos de bonanza, pero es destructiva en épocas de vacas flacas.

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En definitiva, la única verdad es la realidad y la realidad, hoy, al menos para los comunes, es sinónimo de inflación. Porque la inflación es lo inmediato y lo inmanente; ese índice maldito que convierte en mediocres al resto de los indicadores por más resultados positivos que pudieran arrojar. Es un arma tan desestabilizadora como útil a la hora de moldear los términos de la puja distributiva en favor de los sectores privilegiados, y requiere una solución más o menos rápida. Además, el aumento generalizado de precios se combina con salarios que hace cinco años suben, como se dice, por escalera. Peor aún los ingresos de los trabajadores informales, que la suben de rodillas. Cuesta encontrar en la historia argentina una tendencia tan larga, sin tener que remitirnos a la última dictadura cívico-militar.

Este combo de inflación que no cede con salarios retrasados, que es la principal causa de los millones de votos que perdió el oficialismo en las elecciones intermedias, quizás sea la explicación también de la distancia entre la agenda reformista-ofensiva del Gobierno y las preocupaciones de la gente de a pie. No hay nada nuevo aquí: si no se llega a fin de mes, todo lo demás tiene prioridad dos. Lo que sí llama la atención es la insistencia del Presidente y la Vice en despertar la conciencia del pueblo, en un giro casi leninista de los dos principales referentes de un Gobierno peronista: «Ya no sé qué pruebas necesitan los argentinos para ver la decadencia en la que ha entrado la Justicia», decía Alberto esta semana en una entrevista televisiva; “la gente está ávida de que le hablen y le expliquen”, machacaba Cristina en el Polideportivo Diego Armando Maradona de Avellaneda.

Coincidimos en que a la insatisfacción democrática, traducida en esa idea de que el sistema no contiene a los que viven de su trabajo entonces para qué lo voy a defender, se la combate dando respuesta a los problemas estructurales que la política de p minúscula ni siquiera aborda, pero que define la capacidad de proyectar un futuro para millones de argentinos y argentinas. Y que para saldar esas deudas hay que estar cerca de nuestro pueblo y escucharlo. Pero, agregamos aquí, no basta con poner el oído y fruncir el ceño, también hay que sentir lo mismo que padecen todos los días aquellos que, por incapacidad de la política, sufren la vida.

Desde que se levantan y caminan a la parada del colectivo o a la estación del tren haciendo cuentas para saber si el saldo de la Sube les alcanza para dos trasbordos; pasando por los que aguantan ritmos de producción dañinos para el cuerpo a cambio de un salario que no alcanza ya ni para llegar al 20 del mes; hasta los que pasan decenas de fines de semana encerrados porque tomarse una cerveza con amigos puede dejarlos cuatro días sin comer. Sin olvidarnos de los que reemplazan una cena con lo que debería ser una colación, o los que para ir al supermercado invierten una cantidad de horas exorbitantes, porque revisar precios lleva tiempo. Tiempo valioso, que debería ser para el ocio, pero que termina siendo solo para seguir haciéndose mala sangre.

¿Sabrán los políticos profesionales que hay personas que hace años viven con una calculadora en la cabeza? ¿Tendrán idea los niveles de violencia familiar que genera no tener plata para todo lo que se desee?

Que el año que comienza sea uno donde empecemos, desde nuestro humilde lugar, a dotar de protagonismo popular a la política. Porque hay que seguir repitiendo hasta que cale hondo, que los embates de la derecha no son más contra la dirigencia que contra nuestro pueblo.

Y como dijo el General, solo el pueblo salvará al pueblo.

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