Editorial Fantasma

Yuta e ideología

"El argumento que dice que aun si hubieran sido chorros no deberían haber sido asesinados, no solo desaparece, sino que se afirma su contrario: que el único motivo por el que la yuta operó mal esta vez es porque mató a un inocente en lugar de un culpable. Un caso de gatillo fácil aumenta, no disminuye, el autoritarismo social. Es una trampa."

1. Todos los canas son bastardos

“New York City cops, New York City cops
New York City cops, but they ain’t too smart”

New York City Cops, The Strokes

Brooklyn 99 fue, tal vez, el sitcom más exitoso de la última década. El formato: una comedia mezclada con policial que explora las relaciones entre los yutas de un precinto neoyorkino. El protagonista es Andy Samberg, salido de una usina de comedia liberal, el principal aparato ideológico del Partido Demócrata: Saturday Night Live. B99 salió al aire en septiembre de 2013.

Retrocedamos en el tiempo: es febrero de 2012 y en Estados Unidos  acaban de asesinar a Trayvon Martin, un joven afroamericano. El juicio contra su asesino se extiende por más de un año, y en julio de 2013 este será absuelto de todos los cargos. Así comenzó Black Lives Matter, una nueva era de la lucha antirracista en los Estados Unidos, marcada por un creciente descontento con la moderación obamista y, sobre todo, la identificación del aparato policial como enemigo principal.

B99 tiene, en su primera temporada, siete protagonistas. Dos de ellos son hombres negros, dos son mujeres latinas. La serie se presenta explícitamente como destinada a un público liberal, votante demócrata, que festejará a un escuadrón de policía liderado por un capitán afroamericano casado con otro hombre. ¿Hace falta plantear que Brooklyn 99 es una respuesta deliberada a la reactivación del movimiento antirracista? Creo que no es necesario ir tan lejos: la serie es tan solo una respuesta sistémica al contexto político, un producto de su tiempo y para su tiempo.

Un debate bastante popular en las redes fue si había que boicotear la serie. El debate vino con un neologismo: copaganda, una mezcla de “cop” (cana, yuta) y “propaganda”, no en el sentido de publicidad, por supuesto, sino de difusión de material ideológico oficial. El problema con esta lectura simplista es, en primer lugar, que todo es propaganda. Ese es el punto de la industria cultural: es incapaz de elaborar productos que no lleven impresas las huellas del sentido dominante; al menos de acuerdo a las nociones marxistas algo voluntaristas que comparten quiénes llamaron a boicotear B99. En segundo lugar, el problema es que la ideología funciona por sutilezas, por un trabajo inconsciente, no escupiendo desde la pantalla precisamente lo que “quiere” decir.

Y sin embargo, a lo largo de los capítulos el problema de ser propaganda de la yuta en un contexto de creciente descontento civil con ella empezó a introducirse en el texto. Incluso algunas de las críticas más importantes, en particular la de que este tipo de ficción sostiene la idea de que los canas no se equivocan y funciona de alguna manera como un discurso pedagógico de la obediencia, fueron objeto de respuestas explícitas. La última temporada está dedicada casi exclusivamente a este tema. Esto no implica defender B99: en efecto, las respuestas que ensayó a los diversos cuestionamientos fueron muy poco interesantes.

Pero cabría preguntarse por qué hubo un debate sobre este tema, mucho mayor al que se dio sobre otras series más explícitamente políticas, como Parks and Recreation (dentro del género sitcom) o incluso House of Cards y hasta The West Wing. No es que estas producciones no hayan generado discusiones, pero sin duda no tan masivas ni despertando tanto enojo. La diferencia radica en el objeto: la policía, el palito de abollar ideologías, medio siglo después de la frase de Mafalda.

2. El fetichismo de la policía

“En Valle Giulia, ayer, hemos tenido un fragmento
de lucha de clase: y ustedes, amigos (aunque de la parte
de la razón) eran los ricos,
mientras que los policías (que estaban de la parte
equivocada) eran los pobres.”

El PCI para los jóvenes, Pier Paolo Pasolini

Es como si hubiera un lazo privilegiado entre yuta e ideología que no se reduce al vínculo mecánico entre aparatos represivos e ideológicos. Tal vez porque es uno de los terrenos donde incluso el pensamiento radical no tiene no solo un programa, sino tampoco una construcción simbólica de qué hacer. Muchas veces el recurso es hacia la desmilitarización, la sustitución por fuerzas que no ejerzan la violencia física como herramienta básica: pero ante ella, una respuesta más inteligente que resaltar la necesidad de cierta represión (el argumento progresista en defensa de las taser, por ejemplo) es indicar que hay otras formas de violencia. 

La implantación de un cuerpo de trabajadores sociales con la capilaridad de la policía fue una construcción utópica de la izquierda contemporánea, que rápidamente halló un problema: en la actualidad, los trabajadores sociales muchas veces ya son legitimadores de la violencia física y ejecutores de la coacción simbólica.

Hay un consenso entonces ante la frase adjudicada a Perón, aquella que dice que los hombres son buenos pero si se los vigila son mejores. El movimiento por la abolición del sistema penitenciario generó una serie de imágenes de una sociedad sin cárceles; podemos acordar o no con este planteo radical, pero las nociones de futuro, con cierta estabilización, están. El abolicionismo de la yuta no tiene imágenes, y cuando las tiene vuelven a reproducir la vigilancia. Y en el medio de esta idea, una herida de clase, un campo de guerra.

En Estados Unidos, parte del cuerpo policial es una evolución institucional directa de los aparatos de vigilancia que, en el Sur, perseguían a los esclavos que escapaban. “Esto no se puede reformar” es uno de los gritos de guerra del movimiento abolicionista. Y la violencia de policías blancos sobre civiles negrxs es el testimonio irrebatible del racismo como marca trascendental de la sociedad yanki.

Pero esto es tributario de una noción de poder bipolar: toda la violencia de un lado, toda la sangre del otro. El epígrafe de esta sección es un fragmento de un famoso poema de Pier Paolo Pasolini, construido como una polémica en y contra el movimiento comunista italiano posfascista. En particular, PPP cuestiona a jóvenes estudiantes, militantes comunistas, que se enfrentaron a la yuta en una manifestación. El poema opera un cierto reduccionismo de clase (canas pobres de un lado, estudiantes chetos del otro), y está escrito con furia: con un enojo que no parece dirigirse solo al Partido Comunista sino a la sociedad en sí, a su contradicción, a su imposibilidad.

Pero cuando se rompe esa bipolaridad, ¿qué hacemos, Pier Paolo? Cuando tenemos canas pobres matando pibes pobres. Pasa en Argentina cada cinco minutos. Lo que ocurre, como el abrazo progresista a la taser o como CFK sosteniendo a Berni, es el gesto opuesto al “no se puede reformar esto”, con las mismas palabras. No se puede cambiar porque no se debe.

3. Deriva subterránea

“La inteligencia, en el nuevo contexto de una humanidad sin
comunismo, queda equiparada con la tortura: los servicios secretos
informan al Estado lo que el Estado quiere escuchar, es
decir, producen al enemigo con las reglas de la ficción.”

Los espantos. Estética y posdictadura, Silvia Schwarzböck

Por un momento, pensemos a la policía por su reverso: los servicios. ¿Por qué su reverso? Por una definición topológica de José Luis Vila en una entrevista en elDiarioAr: 

“¿Cómo se roba en inteligencia? Se roba inventando enemigos. Cuando es corrupta, la Policía roba de abajo para arriba. Colecta de la calle, la prostitución, el juego… cobra y sube el dinero por la pirámide. La inteligencia lo hace al revés. Te dice ‘hay un terrorista a la vuelta de la esquina’ y de arriba para abajo vienen los fondos reservados, que es lo que genera los fondos ilegales. Tiene que haber enemigos para que se mueva algo, así como tiene que haber licitaciones para que le saquen el 10 por ciento a alguien.”

De arriba para abajo, de abajo para arriba. Los servicios no son (solo) vigilantes, yutas, mafiosos: en un punto, son escritores, son autores de una ficción. Esta misma historia que para Vila se desarrolla acá nomás, en cualquier barrio argentino, puede verse replicada hace tres siglos, en la Francia prerrevolucionaria.

Poesía y policía, un libro de Robert Darnton recientemente publicado por Capital Intelectual, reconstruye precisamente eso. Ante un inmenso operativo policial por el que se persigue y encarcela a una red de estudiantes y pequeñoburgueses que distribuían poemas jocosos en los que se burlaban del rey Luis XV y varios miembros de la corte, el autor se pregunta ¿por qué? Su estudio lo lleva, finalmente, de nuevo a la corte: el punto es cómo ciertos nobles poderosos hacían uso de la opinión pública, expresada en estas burlas en verso, para manipular las decisiones del Estado. De la descentralización pura del chiste popular a la centralización absoluta del Rey: comprobamos que el rizoma solo está en el árbol, y el árbol solo en el rizoma.

Si los servicios son narradores de ficciones, la yuta parece estar ahí donde el relato se termina. La catástrofe macrista, en Argentina, estuvo marcada por dólares (en mayo 2018) pero preanunciada por el olor a gas pimienta (en diciembre 2017). Sin embargo, la policía tiene también un discurso propio. En Argentina, ese discurso va del sumario a la lista negra, pero sobre todo se da en la información misma que el cana maneja, inscribe y borra.

4. Plomo nacional

“Después del Olimpo, no se puede hacer novela negra.”

Para una redefinición del policial argentino, Carlos Gamerro

Nuestros gobiernos democráticos pueden nombrarse por los casos de represión violenta, gatillo fácil y desapariciones. De los 14 muertos en los saqueos del 89 a Julio López y a Tehuel, pasando por Fuentealba, Luciano Arruga, Santiago Maldonado, infinitos nombres que manchan el papel.

Carlos Gamerro lo dijo mejor que nadie en el texto citado como epígrafe. El monumental aparato represivo de la Dictadura requirió de la capilaridad de la institución policial para funcionar en el inmenso territorio argentino, y cuando llegó la democracia nada terminó: la continuidad se produjo a través de la yuta. Sigue diciendo Gamero:

“En la Argentina, del Proceso en adelante, la policía es el crimen organizado, tiene el monopolio no sólo de la violencia, sino de la ilegalidad, y no tolera competencia. El habitual chantaje de la policía a los intentos de reforma con que cada tanto la amenazan se resume en la frase: ‘¿Quieren crimen organizado (es decir, administrado, en nuestras manos) o lo prefieren inorganizado (impredecible, innegociable, en manos de los marginales y sin reparto del botín)?”

Podríamos decir, volviendo sobre el apartado anterior, que en la democracia servicios y policía realizaron una división de las tareas que hacían los comandos de la dictadura, que funcionaban con la constitución de ficciones de arriba hacia abajo (la guerrilla que seguía siendo presentada como el enemigo en 1982 había sido exterminada entre 1978 y 1980 y ya en 1976 sus posibilidades de avance y crecimiento eran básicamente nulas) tanto como con la inteligencia y el reparto de botines de abajo hacia arriba (la tortura en los centros, el saqueo de las casas luego de las desapariciones).

Entonces, si situamos el malestar ideológico con la yuta en Argentina nos encontramos de frente con la herencia de la dictadura. Es así porque la policía implica la pregunta por el ejercicio de la autoridad, es decir del poder en su forma concreta, y en esta tierra quien dice autoridad dice autoritarismo o democracia. Una de las banderas progresistas es “seguridad democrática”, lo que también es una admisión de que la que tenemos ahora no lo es. Al mismo tiempo, conviene recordar que el sostén principal de Berni no es Kicillof ni Massa ni el “pejotismo” sino, sin duda alguna, CFK. Una señal de que algo pasa.

Mientras escribía esta nota el país fue sacudido por otro caso de violencia policial. Esta vez el nombre propio fue Lucas González, asesinado por policías de civil que manejaban un auto sin patente. Los canas pensaron que los pibes eran chorros, los pibes pensaron que los chorros eran los canas. Pero los pibes no eran chorros, lo que los salva ante la opinión pública. Nadie pregunta si los canas eran chorros. Y el argumento verdadero, el que dice que aun si hubieran sido chorros no deberían haber sido asesinados, no solo desaparece, sino que se afirma su contrario: que el único motivo por el que la yuta operó mal esta vez es porque mató a un inocente en lugar de un culpable. Un caso de gatillo fácil aumenta, no disminuye, el autoritarismo social. Es una trampa.

5. Yuta e ideología(s)

“Siempre que lucha la KGB contra la CIA
gana al final la policía.”

El muro de Berlín, Joaquín Sabina

Imaginemos una boca que grita “¡policía!”. ¿Cómo se lee esa voz? ¿Es un pedido de auxilio, un llamado a la policía? ¿O se acompaña de un dedo que señala, que acusa el entrometimiento del Estado allí donde no lo han llamado, o la aplicación de actitudes vigilantes (la yuta del lenguaje, la yuta del género, etcétera)? ¿A qué posición política pertenecen estas lecturas? ¿Hay Estado presente sin policía? ¿Y libertarismo con ella? Esta indeterminación marca un sentido de la época, que es en realidad una crisis de sentidos de la época. La conexión del movimiento libertario con la dictadura pasa, tal vez más que por el negacionismo explícito, por su ideología compartida de autoritarismo de mercado: el Estado no debe inmiscuirse en la vida privada de la ciudadanía más que en el modo más esencial posible, el de la yuta.

En la conformación de una nueva práctica estatal consecuente acerca de la policía, y en la medida en que todo práctica es también en cierta medida un discurso sobre esa práctica, se juega el destino de la política en el siglo XXI. No estoy planteando una especie de determinismo policial en última instancia (de hecho el nudo de esta nota pasa por lo ideológico) sino un señalamiento al carácter existencial de esta cuestión.

El grito indeterminado “¡policía!” es una moneda en el aire. Las posibilidades de su definición no son infinitas: neofascismo estatal o paraestatal, reforma integral trunca o completa, gradualismo por vía de reducción de la pobreza (a la Kirchner). Si queremos evitar la primera de estas opciones, debemos pensar esta nueva práctica que hoy no tiene nombre porque no tiene existencia. Pero no puede empezar por el nombre (reforma, seguridad democrática, nuevo aparato) sino por una decisión estratégica que solo puede tomarse en un contexto de inmenso constreñimiento de las posibilidades. La decisión debe romper el esquema: del mismo modo que no hay nada en el año 2003 que indique la posibilidad de un modelo de crecimiento con distribución o reapertura de los juicios de lesa humanidad.

Esta nota llega hasta acá: hasta el grito y la decisión que debe responder al grito. Fue un ensayo sobre el malestar ideológico acerca de la yuta, porque creo que asumir ese no saber qué hacer propio es condición necesaria (pero no suficiente) para empezar a saberlo.

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